Redacción. Las vacaciones, tradicionalmente asociadas a la desconexión total, se han convertido en un desafío psicológico en la era del hiperrendimiento.
Encarna Rama, directora del grado en psicología de la Universidad Internacional de Valencia, ha analizado el fenómeno del "síndrome del impostor vacacional" o stresslaxing: la ansiedad o la culpa que genera dejar de hacer cosas y de ser productivo, condición relacionada con los problemas de adicción al trabajo.
Rama ilustra este mecanismo con la metáfora de la bicicleta: "cuando estás mucho tiempo pedaleando, cuando sueltas los pedales, la bicicleta sigue rodando de igual manera durante un tiempo y, cuando intentamos pararla, incluso debemos hacerlo con un poco de esfuerzo".
Esta resistencia a frenar responde a que la inactividad se asocia con algo negativo, lo que lleva a cuestionar la propia valía profesional por el hecho de descansar.
La presión se multiplica por la competitividad y la sobreexposición digital. Según la experta, redes como LinkedIn funcionan como un escaparate donde solo se muestran los aspectos positivos, lo que puede afectar a la autoestima. Compararse con esa imagen constante de logro contradice lo que el organismo necesita biológicamente: parar, recuperarse y reunir fuerzas para retomar la actividad.
Trabajar en vacaciones: un mecanismo de evitación neurótico
Justificar el tiempo libre revisando datos en Excel o adelantando cursos no es una gestión eficiente del tiempo, sino un mecanismo de evitación de la inactividad. La trampa de la hiperproductividad, explica Rama, consiste en asociar la sensación de "no hacer nada" con la pérdida de tiempo, lo que lleva a buscar actividades incompatibles con parar por completo.
"No hay nada de eficiente en seguir trabajando en vacaciones, hay que permitirse tiempo de relajación, de hacer actividades por el mero hecho de hacerlas, no porque nos sirvan para producir algún producto", subraya la docente, quien recuerda que se trata de un acto de autocuidado personal.
Si la persona no logra romper este círculo, el problema se extiende a otras parcelas de la vida. Los síntomas de la ansiedad y la adicción conductual provocan efectos físicos a largo plazo: dolores de cabeza por falta de descanso, insomnio, ataques de pánico con palpitaciones y dolores somáticos por tensión muscular acumulada. Este desgaste también altera el estado de ánimo y afecta a las relaciones familiares, de pareja y de amistad.
Desconexión en un entorno hiperconectado
Frente a esta dificultad para gestionar el ocio, la psicología propone que "el entrenamiento es la clave". Como en otras adicciones, el primer paso consiste en reconocer lo que ocurre, observar la propia conducta y convencerse de que frenar es lo mejor para la salud integral y para conectar con la identidad personal al margen del trabajo.
La especialista recalca que no es necesario alcanzar una inactividad total, sino dedicar tiempo a actividades personales satisfactorias, deporte o tareas creativas que ayuden a liberar tensión física y a relajar la mente.
Rama destaca, como conclusión, la importancia de que los futuros profesionales de la salud mental se adapten a este entorno de hiperconexión, sobreinformación y sobreexposición a pantallas. "El psicólogo evoluciona con los problemas de las personas; una sociedad con comportamientos nuevos crea trastornos de conducta nuevos", concluye la directora, quien resume el paradigma actual como "la época en la que el intentar relajarse llegó a producir estrés".