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Ramón Oliver. Una de las primeras cosas que te enseñan en los cursos de narrativa es que hay que huir de las metáforas manidas como de la peste. Lo de “blanco como la nieve” está muy penalizado en cualquier texto que aspire a congregar lectores interesados. Es un hecho que los lugares comunes suelen actuar como repelentes de la atención. Ya podemos estar diciendo una verdad como un templo (otra expresión bastante explotada, por cierto), que como se trate de algo que ya le hayan escuchado antes a otros, nuestra audiencia va a desconectar. La gestión de personas no es una excepción a esta regla, y circulan en la profesión una serie de discursos que de tanto repetirse han perdido gran parte de su efectividad. No porque no contengan hipótesis correctas, sino porque, directamente, aburren a las ovejas. 

El primero de los tópicos que pasa nuestro examen es todo un clásico: “La gente no se va de las empresas, se va de los jefes”. Como suele pasar con las frases que se repiten hasta la saciedad, es difícil rastrear el origen de esta popularísima sentencia, una de las más escuchadas en conferencias, entrevistas y artículos del universo gestión de personas. Hay tanta gente que la hecho suya con más o menos variaciones en su formulación, que se diría que lleva pululando por el mundo desde la primera vez que un ser humano le dijo a otro lo que tenía que hacer. Y no todo el mundo se molesta en citar la autoría original. En este caso, parece ser que esta corresponde al gurú norteamericano Tom Peters. (En caso de duda, atribuirle cualquier cosa a Tom Peters, Daniel Goleman o Peter F.Drucker casi siempre funciona.)

Jefes autoritarios, jefes que no delegan, que no se dejan aconsejar, que practican el microliderazgo, que bloquean las iniciativas de sus colaboradores, que no permiten que el talento fluya… Los males de quienes ostentan galones dan para llenar libros y libros. Pero al margen de que sea indiscutible que la calidad del liderazgo deja mucho que desear en multitud de empresas, lo de echarle la culpa a los mandos de todos los males de La Tierra, desde el asesinato de Kennedy hasta el calentamiento global, no deja de ser un recurso facilón que puede ocultar otro tipo de carencias.

Al margen de que sea indiscutible que la calidad del liderazgo deja mucho que desear en multitud de empresas, lo de echarle la culpa a los mandos de todos los males de La Tierra,  no deja de ser un recurso facilón

No es extraño que esta frase se haya hecho tan popular. Al fin y al cabo, está en nuestra naturaleza echarle la culpa a otros de todos nuestros males. ¿Y a quién mejor que al señor o señora que está por encima de nosotros en la cadena jerárquica? En cierto modo, se trata de una versión actualizada de aquel “es que el profesor me tiene manía” que usábamos de pequeños para tratar de justificar ante nuestros padres (los “CEOs” de entonces) un mala calificación en un examen. Ahora que en muchas compañías las notas las ponen los superiores directos en las temidas evaluaciones de desempeño, las teorías conspiratorias se reeditan y encuentran en los mandos a los villanos perfectos para nuestra película de terror favorita: “Sueldos congelados y ascensos que nunca llegaron”.

No sólo los empleados pueden buscar en sus jefes al chivo expiatorio de sus propias miserias. También para las empresas (esos “entes” impersonales) es reconfortante poder escudarse en los comportamientos individuales de sus mandos (que ellas nombraron y formaron) cada vez que un empleado valioso deja la compañía. Como dice José Luis Pascual, Director de Experiencia de Empleado&Desarrollo en Lukkap, “esta frase es de esas coletillas que nos acompañan siempre y con la que parece que tratamos de justificar que la culpa no es nuestra, sino de los malos gestores que provocan la huida de sus equipos. Pero esto no deja de ser una verdad relativa, ya que lo que realmente haces es irte de la empresa que permite a tu jefe hacer cosas que te afectan en tu día a día y van en contra de la cultura y el estilo de liderazgo corporativo”. 

Para este experto, quizá esta frase habría que matizarla y darle una vuelta en clave positiva. Porque siendo cierto que los mandos tienen un “impacto brutal en nuestra experiencia como empleados, cuando el jefe tiene un rol relevante es en hechos como la respuesta ante momentos vitales importantes, el desarrollo profesional o la evaluación y planes de crecimiento”. Por esta razón concluye, Pascual, el jefe “más que la causa de la pérdida de talento, es un detonante de ese talento”.

 

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