Imagen de la noticia

Ay de ti, empleado eficiente y satisfecho, que cometes a diario el pecado de hacer las cosas que se te piden bien y a tiempo. Ay de ti, modelo de productividad y constancia, ejemplo de equilibrio y fiabilidad.

Ay de ti como se te note en la cara esa serenidad propia del que sabe lo que se trae entre manos y lo ejecuta con proverbial eficacia. ¡Borra ahora mismo esa insultante expresión satisfecha de tu rostro! porque, como la vea tu jefe, le van a entrar unos irrefrenables deseos de arrancártela de un golpe de liderazgo.

Quizá no suceda hoy, ni mañana. Pero ten por seguro, si persistes en tu insolente actitud, que un día se plantará delante de tu mesa de trabajo y, manos en jarras, te espetará desafiante: ¿a qué esperas para salir de tu zona de confort?

Se suele entender por zona de confort ese espacio acotado de autoconocimiento que todos poseemos acerca de nuestras fortalezas y debilidades. Somos conscientes de lo que sabemos hacer bien -incluso muy bien-, y nos sentimos tan cómodos en ese territorio que evitaremos traspasar sus fronteras a menos que sea imprescindible.

A menudo sucede que ese espacio se nos acaba quedando pequeño y sentimos la necesidad de ampliar las fronteras. Querremos, entonces, aprender nuevos conocimientos y habilidades que nos permitan, o bien hacer mejor nuestro trabajo, o bien desarrollar otras líneas de crecimiento profesional.

Pero no siempre sucede eso. A veces no sentimos ese impulso, o los caminos que se nos abren o se nos “invita” a explorar no son lo bastante atractivos. Cuidado, entonces, porque habrá quien piense que nos hemos vuelto acomodaticios. Y no importará si seguimos siendo productivos y rentables. A ojos de los expertos en desarrollo, nos negamos tozudamente a progresar. Y ese es un defecto que se paga caro.

Sí, asumámoslo. A los jefes les da como rabia que no estemos constantemente innovando y reinventando la pólvora, proponiendo platos que no están en el menú y buscando rutas alternativas a sitios a los que ya sabemos llegar. Y les da subidón cada vez que uno de sus polluelos se echa la manta a la cabeza y prueba cosas nuevas. Y eso es genial, porque no hay nada más motivante que saber que a nuestros superiores les importa nuestro desarrollo, que se preocupan por darnos la oportunidad de ser mejores profesionales. Hasta ahí, perfecto, porque eso de quedarse estancado y haciendo siempre lo mismo no mola pero nada…

¿O sí? Porque a veces los jefes, más que querer que seas un profesional más completo y con más registros, se diría que lo pretenden es que te conviertas en otra persona.

De pronto, el técnico, que era un crack programando, tiene que ser también un monstruo de las habilidades sociales y salir a dar el monólogo de la cena de Navidad; y el comercial, que tenía a todos los clientes comiendo en la palma de su mano cuando se los llevaba a almorzar por ahí, tiene que empezar a manejar métricas y datos como si acabara de ser abducido por el MIT.

Con lo que se corre el riesgo de convertir de un plumazo a un gran informático y a un gran comercial en dos profesionales mediocres y, encima, desdichados.

El genio que se inventó lo de la zona de confort no sabe el daño que le ha hecho a la humanidad cuando su concepto cae en manos de determinados jefes. Oiga, que lo de crecer es fabuloso, pero siempre y cuando no se trate de una imposición y nos impida seguir haciendo eso en lo que ya éramos muy buenos.

Como señala Fernando Botella, CEO de Think&Action, a lo mejor hay casos en los que circunscribirse a la famosa área de confort no es tan mala idea. “Si un colaborador es muy eficaz realizando unas determinadas tareas y, además, se siente feliz en ellas, sería poco inteligente obligarle a dejar de hacerlo. Otras veces, en cambio, lo que necesita es justo eso, un nuevo desafío, un empujón que le permita sacar a la luz fortalezas ocultas y le saque de su apatía. El papel del buen líder es determinar qué opción tomar en cada caso”, reflexiona este experto.

Pero es que hay mandos que oyen campanas y acuden a su llamada sin pararse a pensar en su sentido. ¿Salir de la zona de confort? Sí, pero en función de cada caso y, desde luego, no por sistema.

Ramon Oliver RRHHpress

Ramón Oliver
Utilizamos cookies propias y de terceros para posibilitar y mejorar su experiencia de navegación por nuestra web. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.