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Palabra de Confucio. Y lo que dijo este hombre, que no solía dar puntadas sin hilo, suele ir a misa. Con esta sentencia, el filósofo chino nos habla de las maravillas de la realización personal a través del trabajo.

Nos dice que si conseguimos dedicarnos profesionalmente a algo que satisfaga nuestras inquietudes y expectativas, y de lo que, además de una remuneración, extraigamos satisfacción como seres humanos, miel sobre hojuelas. Muchísimo mejor que tener que fichar de ocho a tres haciendo algo que ni nos va no nos viene o que, incluso, detestamos. ¡Dónde va a parar!

Creo que la mayoría de nosotros podemos suscribir esta idea. Al fin y al cabo, que te paguen por algo que harías gratis -al menos, durante un tiempo- es como que te toque la lotería. ¿Quién no se apuntaría a tener la posibilidad de convertir en profesión una actividad que antes fue su hobby y que, seguramente, lo seguiría siendo de no haber empezado a generar ingresos regulares en su cuenta corriente? Porque, además, cuando uno se sumerge a fondo en una actividad que le apasiona, no solo parece que no pasan las horas, sino que alcanza tal nivel de inmersión que no es raro que de esa mezcla entre dedicación y profundidad emerja el verdadero talento y brote la excelencia.

Bueno, vale, hasta ahí, de acuerdo. Pero tampoco nos pasemos, Sr. Confucio. Porque en su afán por construir una frase con gancho sobre la que engarzar su idea -qué gran periodista habría sido, ¡menudos titulares!-, al sabio oriental se le fue un poco la mano. Porque eso de que “no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”… ¡no se lo cree ni él!

El bueno de Confucio ha olvidado mencionar algunos inconvenientes que acompañan a toda actividad remunerada, incluida la que se sustenta en una vocación. Y es que en cuanto uno traspasa la frontera de lo amateur e ingresa en territorio profesional, es recibido por un comité de bienvenida formado por horarios, pedidos, clientes, proveedores, presión, créditos, técnicos de operadores telefonía, fallos informáticos, agujeros de tesorería y un sinfín de elementos perturbadores que antes ni habían aparecido por allí. ¿Qué no hay que trabajar? ¡Ja!

“Cuando tienes una afición que te apasiona le dedicas horas y horas con todo el cariño del mundo, te sientes motivado porque eres libre, puedes parar cuando quieras para descansar, nadie te exige cómo hacerlo, no tienes un plazo de entrega, principalmente lo haces por y para ti. Pero una vez que transformas eso en tu fuente de ingresos, pierdes gran parte de esa libertad”, apunta la psicóloga Elisa Sánchez.

En efecto, la realización personal no da de comer. Entonces ¿qué? ¿nos conformamos con nuestra oficinita de ocho a tres o nos buscamos algo que realmente nos encante? En el equilibrio está la virtud.

“Por supuesto que es preferible que tu trabajo te guste, pero no es suficiente”, insiste Sánchez, quien recuerda que hay casos de personas que lo dejaron todo para intentar vivir de una actividad para la que sentían que tenían talento, y terminaron arrepintiéndose. “Porque es difícil de monetizar, porque no hay demanda, porque es un mercado muy competitivo, porque le exige desarrollar otras competencias que no tiene…”.

Al fin y al cabo, montar un negocio alrededor de una actividad para la que tenemos talento y en la que nos sentimos a gusto está fenomenal y, a priori, es un gran plan de vida, pero no deja de ser un negocio, y así habrá que tomárselo.

Prepararse, buscar ayuda, hacen un buen plan de negocio… serán elementos clave para que la aventura salga bien. Y, como dice Sánchez, tampoco viene mal un poco de realismo y sentido común. “No todo lo que nos gusta se nos da bien; por ejemplo, a mi me encanta cantar, pero si tuviera que dedicarme a ello profesionalmente…” ¡Que se lo digan a Jesulín!

Ramon Oliver RRHHpress

Ramón Oliver
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