RRHH Press. Aficionado a escribir, he visto cómo, en algunas ocasiones, los editores, en su deseo de mejorar las cosas, introducían cambios en mis textos; cambios de algunas palabras, que no siempre me parecían acertados. Tal es el caso del adjetivo “informacional”, en un libro sobre la actividad empresarial, que me publicó una potente editorial española y donde, para mi sorpresa, apareció sustituido por “informativo”.Aunque también me cambiaron “organizacional” por “organizativo”, me llamó especialmente la atención que me sustituyeran “informacionales” por “informativas”, al hablar de habilidades profesionales necesarias en la Sociedad de la Información. No sé si el corrector distinguiría, por ejemplo, entre “alimenticio” y “alimentario”, pero creo que, por habilidades informativas, debemos entender las del informador, especialmente las del informador profesional. Al escribir yo “habilidades informacionales”, deseaba enfocar las habilidades del individuo que ha de manejarse con gran cantidad de información en su trabajo; que utiliza ésta como herramienta, y aun como materia prima.
De modo que debo insistir en hablar de “habilidades informacionales”, en los medios del planeta que me lo permitan, aclarando que, por habilidades, hemos de entender aquí un despliegue de facultades, fortalezas, destrezas, actitudes y hábitos. Se trata de una nueva (relativamente) habilidad muy precisa en la economía del conocimiento, considerando que muchos trabajadores expertos dedican gran cantidad de horas a la semana a la búsqueda y el análisis de información, para luego reelaborarla o traducirla a conocimiento aplicable. Han de evaluar la solidez de la información (técnica, funcional, logística…) a que acceden y extraerle su más genuino significado.
Cabe preguntarse si es posible y sencillo desarrollar la habilidad informacional, y siempre podemos en verdad mejorar al respecto; pero el primer paso sería convenir a quién se considera un individuo informacionalmente hábil en el contexto profesional. Según mis consultas a diferentes fuentes, podríamos decir que esta persona:
- Es consciente de lo que sabe y de lo que no sabe.
- Identifica los órganos de autoridad y la estructura de su campo del saber.
- Conoce las fuentes oficiales y oficiosas de consulta correspondientes.
- Sigue una estrategia determinada en sus búsquedas e indagaciones.
- Maneja debidamente diferentes herramientas de acceso a información.
- No se da fácilmente por satisfecho en sus búsquedas o indagaciones.
- Cuestiona y sanciona el rigor y valor de cada información obtenida.
- Muestra afán de aprender, sed de saber, y hace preguntas idóneas.
- Presenta sensible capacidad de comprensión y síntesis.
- Maneja los conceptos con rigor y conoce la importancia de hacerlo así.
- Posee buen pensamiento analítico, conectivo, inferencial y abstractivo.
- Incorpora su aprendizaje al acervo colectivo de su organización.
- Muestra flexibilidad para desaprender lo que ya no resulta vigente.
- Hace un uso ético de la información.
Desde hace quizá unos 20 años, las universidades hablan de “alfabetización informacional” (“information literacy”, en inglés); aunque quizá, en el mundo empresarial, resulte más apropiado hablar de competencia, destreza, e, incluso, excelencia informacional. El movimiento de la destreza informacional se ha intensificado, sí, en los últimos 20 años, en sintonía con el del aprendizaje permanente a que nos vemos obligados, y con el acceso, cada día más habitual, a las reservas corporativas de información y a Internet.
Creo recordar que la Universidad de Otago (Nueva Zelanda) fue una de las pioneras en el information literacy movement, aunque pronto se sumaron casi todas en todos los continentes, y también en España: los alumnos habrían de seguir aprendiendo durante su trayectoria profesional y debían aprender a aprender. Es verdad que las empresas orquestan programas formativos, subvencionados o no; pero, sin duda, se ha de contar también con la propia iniciativa autodidacta del individuo, como, asimismo, con el denominado aprendizaje informal.
“En el panorama del aprendizaje permanente —proclamaba la Universidad de Otago—, alfabetización informacional es la habilidad para localizar, evaluar y utilizar eficazmente la información. En última instancia, las personas informacionalmente alfabetizadas son aquellas que han aprendido a aprender, porque saben cómo se organiza el conocimiento, cómo encontrar la informacíón y cómo usarla para que otros puedan aprender de ellas. Son personas preparadas para el aprendizaje permanente, porque siempre pueden encontrar la información que necesitan”.
En las empresas, y en la década de los años 90, se hablaba de aprendizaje permanente y aun de gestión del conocimiento, pero no se hablaba de la destreza informacional, sino de la destreza informática. De modo que, pensando en las habilidades de los trabajadores expertos, los adjetivos que deseo encarar no son sólo “informativas” e “informacionales”, sino también “informáticas”. No, no nos vendrán mal, desde luego, las habilidades informativas si hemos de generar, en nuestro trabajo, información para jefes, subordinados, colegas, proveedores, clientes o medios de comunicación; de hecho se orquestan cursos, más o menos efectivos, de comunicación oral y escrita.
Enfoquemos sin embargo ahora la destreza informática y la informacional, para distinguirlas mejor. Por supuesto que debemos manejarnos bien con la tecnología informática y aprovechar sus incuestionables ventajas; por supuesto que la alfabetización informática (o alfabetización digital) resultaba y resulta prioritaria. Pero manejémonos igualmente mejor con la propia información a que accedemos, en soporte electrónico o en soporte impreso; sepamos buscar, sepamos interpretar y evaluar, sepamos sintetizar e integrar los nuevos conocimientos en nuestro acervo, y sepamos aplicarlos debidamente y ponerlos a disposición de los demás.
De una misma información, cada individuo puede extraer diferentes significados, inferencias diversas y conclusiones distintas. Así las cosas, la Sociedad de la Información podría acabar siendo una especie de Sociedad de la Confusión, si no contáramos con la habilidad precisa en un mundo de información muy abundante, aunque de diversa calidad e intención; en definitiva, si no contáramos con la “habilidad informacional” de que les hablo.