imagen de la noticiaRRHH Press. Son tiempos difíciles, probablemente los peores que tendremos que afrontar a lo largo de nuestra vida laboral. Hay demasiado miedo. Miedo a perder el puesto de trabajo, miedo a que cierre tu empresa, miedo a que no te paguen el trabajo realizado, miedo a no volver a encontrar empleo… Por desgracia, esto implica inseguridad, desmotivación e, incluso, un cierto aumento de la crispación.

Es precisamente ahora cuando necesitamos más que nunca de gestos altruistas llevados a cabo por todo tipo de personas. ¿A qué denominamos gestos altruistas? A aquellos que cumplan con tres premisas: Que estén apoyados en la generosidad, que supongan un sacrificio personal y que sean realizados sin ningún interés personal e, incluso, desde el anonimato.

¿Se imaginan que cada uno de nosotros nos propusiéramos realizar un único gesto altruista –por ejemplo en nuestra empresa- cada año? ¡Cuántas cosas podríamos cambiar! Cumplir las dos primeras premisas puede ser difícil, pero posible, ahora bien realizarlo en un total anonimato requiere de una grandeza como persona que, debemos reconocer, no es sencillo alcanzar.

Nos trasladamos ahora a la época napoleónica. Vamos a relatar el caso de Catherine Hubscher, esposa del mariscal Lefebvre, duque de Dantzig. Llamada por esta razón “la mariscala Lefebvre”. En sus comienzos, el señor y la futura señora Lefebvre trabajaron de asistente y de criada, respectivamente, para el marqués de Valady, capitán de la compañía en la que estaba alistado Lefebvre. Dicho Marqués estaba dotado con el don del sentido de la justicia, siendo una persona moderada y generosa, lo que, por desgracia, le llevó al cadalso por sentirse moralmente obligado a defender al rey Luis XVI cuando fue condenado a la guillotina.

Tras la muerte del marqués de Valady, su familia se vio forzada a emigrar del país, hasta que, transcurridos unos cuantos años, se promulgó una ley en la que se permitía el regreso de los nobles expulsados.

Desde el comienzo de su vuelta, la familia Lefebvre se volcó en ayudarles, ya que con el tiempo el antiguo asistente Lefebvre había sido ascendido al grado de Mariscal del Imperio y nombrado duque de Dantzig.

En el transcurso de los acontecimientos, la mariscala Lefebvre se había hecho demasiado popular por su lenguaje, además de poseer un comportamiento rudo y tosco que no se había preocupado de pulir a lo largo de los años, razón por la que era sometida a chanzas y burlas por parte de la nobleza, probablemente debido a la envidia, contándose infinidad de anécdotas y despropósitos sobre su persona con el único objeto de ridiculizarla.

Hasta que llegó a los oídos del propio Napoleón un hecho que hizo que, a partir de ese momento, cambiara su impresión personal sobre dicha mariscala Lefebvre. Un día, enterándose la mariscala de la llegada del exilio y de la triste situación del señor B… , antiguo oficial y compañero de su esposo, decidió acudir a visitar a la marquesa de Valady. Le explicó que conocía de primera mano que al desafortunado señor B… los otros nobles le habían denegado ayuda y que se encontraba en la mayor indigencia. Que ellos, como soldados, jamás permitirían que un hecho así le sucediera a un compañero de armas sin hacer algo para evitarlo, ya que lo considerarían como un acto que les avergonzaría durante toda su vida. Que su único temor sería ofender a dicho noble y pasado compañero, por lo que le solicitaba que le entregara una bolsa con cinco mil francos de oro –toda una fortuna en la época- y que lo hiciera como algo suyo, omitiendo cualquier información sobre la conversación mantenida y la procedencia real de dicho dinero.

Dicho hecho llegó, inevitablemente, a los oídos de Napoleón, que, a partir de ese momento, cambió por completo su opinión y comportamiento sobre la mariscala Lefebvre, no volviéndose jamás a burlar de ella y ganándose su total respeto.

Además, para demostrarlo de una manera fehaciente, cuando en las fiestas organizadas en el salón de palacio se anunciaba su presencia, Napoleón acudía a su encuentro, llevándola de la mano y cediéndola hasta su propio asiento, produciendo el correspondiente desconcierto, sobre todo en aquellas personas que anteriormente no se habían ni dignado recibir al señor B… Como vemos, un gran gesto –propio de un verdadero líder- para una generosa y gran persona.

Se trata de un claro ejemplo de gesto altruista, basado en la generosidad por un imperativo moral, que implicaba, en este caso, un sacrificio personal debido a la elevada cantidad entregada, y acompañada de la pretensión del anonimato para que no se sintiera humillado o rebajado.

¿Son trasladables estos gestos al mundo de la empresa o a otros ámbitos? Son totalmente trasladables y compatibles. Si nos paramos a pensarlo, es cuestión de voluntad. Es tan fácil su realización que nos sorprenderíamos al comprobarlo. También hay que reconocer que en ciertos ámbitos sería imposible, incluso, el mero hecho de proponerlo, ya que no forma parte de su código ético. Por otra parte, no tiene nada que ver con ser un buen directivo o empresario, ya que los gestos altruistas se realizan independientemente del nivel económico-social-laboral de cada persona. Cada uno lo hace en función de sus posibilidades.

¿Son compatibles en la sociedad actual los gestos altruistas con la competitividad? Por supuesto que sí. Un asunto es el cumplimiento de los objetivos queriendo contribuir a construir una empresa mejor y más competitiva, cuestión que nos favorece a todos, mientras que otro es poder ayudar de forma anónima y desinteresada a aquellas personas que verdaderamente lo necesitan.

Como vemos, tiene mucho que ver con los valores éticos en la empresa, sólo que llevados a su grado extremo –justicia, honestidad, objetividad, respeto- entre otros muchos y que cada vez más se busca incorporar a la cultura de la empresa.

La lección de la mariscala Lefebvre debiera ser tenida en cuenta, sobre todo en estos tiempos en los que tantas personas cercanas a nosotros no pasan por sus mejores momentos.

Necesitamos muchas mariscalas Lefebvre, personas que nunca olvidan a aquellos que en otros tiempos difíciles les ayudaron. Personas que, pese a las críticas y calumnias debido a la envidia, nunca pierden el rumbo y se comportan con generosidad. Y sobre todo, porque lo que prima en sus acciones son las ganas de ayudar de una forma desinteresada y anónima.

Al menos merecería la pena intentarlo.

Benito Díaz de la Cebosa - Especialista en Liderazgo y habilidades directivas

 

Utilizamos cookies propias y de terceros para posibilitar y mejorar su experiencia de navegación por nuestra web. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.