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Ramón Oliver. Lo de la pureza de espíritu de los millennials y generaciones siguientes lo llevamos oyendo tanto tiempo que alguno se lo va a terminar creyendo al final. Y no precisamente por culpa de los propios millennials, que bastante tienen con lo que tienen.

Pero es que a una etiqueta tan molona como la suya -con dos eles y dos enes, nada menos- había que completarla a la fuerza con una serie de atributos que estuvieran a la altura.

Desde infinidad de análisis procedentes de expertos laborales se nos ha dibujado a esta generación como una especie de genios súper digitalizados y flexibles, que sienten un completo desapego por la seguridad laboral o la fidelidad a la empresa, y cuya única motivación profesional es su propio crecimiento y satisfacción.

Según este estereotipado retrato, un millennial es un talentoso culo inquieto que se moverá de un trabajo al siguiente obedeciendo únicamente a los dictados de su instinto, no de su cartera.

En esta escala de valores la seguridad pasa a un segundo plano, una pobre recompensa en comparación con la posibilidad de participar en proyectos retadores.

En el lado menos positivo, algunos les achacan cierto egoísmo, falta de compromiso (¿en qué quedamos, queremos compromiso con la empresa o con la propia carrera?) y aversión la responsabilidad.

"A todo el mundo le gusta estar en un proyecto motivador"

Así, a bote pronto, uno diría que ese perfil no es exclusivo de los millennials. Cualquiera, tenga la edad que tenga, lo firmaría. “A todo el mundo le gusta estar en un proyecto motivador y que te valoren por tu trabajo y objetivos a cumplir. O tener la posibilidad de teletrabajar y disfrutar de tiempo personal y de entornos de trabajo que permitan una relación laboral más plana, colaborativa y abierta”, suscribe Alicia Pomares, socia directora de Hummanova, pero siempre y cuando “el salario sea justo, el trato de respeto y sin jerarquías extremadamente marcadas”, puntualiza esta experta.

Hablando de jerarquías, otra característica que se suele atribuir a los millennials tiene que ver, precisamente, con su relación con la autoridad ¿Quién no ha sentido alguna vez la tentación de mandar a esparragar a un jefe o cliente insufrible, pero se ha acabado mordiendo la lengua hasta hacérsela sangrar?

Pues cuidado, mandos autoritarios de la vieja escuela, porque vuestros millennials no tienen las tragaderas de las generaciones que les precedieron, y no dudarán en coger la puerta y largarse con viento fresco a la primera oportunidad en que les ladréis una palabra más alta que otra.

Esta descripción un tanto mitificada del rebelde millennial tiene una parte de verdad. Es indudable de que se trata de una generación muy preparada y que está comandando un cambio cultural en los modelos laborales.

Pero este retrato también incurre, como sucede con todas las generalizaciones, en olvidos que pueden llegar a tergiversar la situación que viven estas generaciones y que explicarían en parte esos comportamientos.

Seguramente, para una pequeña facción de este enorme colectivo, por ejemplo, aquellos que trabajan en temas digitales, sea relativamente sencillo ejercer plenamente el control de sus carreras. Son perfiles demandados y saben que no tendrán problema para encontrar nuevos destinos laborales, llegado el caso. Así que tonterías, las justas con ellos; su alta empleabilidad les da licencia para ir sobrados.

Pero para una inmensa mayoría de sus coetáneos, aquellos cuyas posibilidades laborales no son tan halagüeñas, quizá ese supuesto desapego por lo material obedezca a otros factores.

Quizá suceda que los sueldos son tan bajos y la seguridad del empleo tan precaria, que, en realidad, tienen muy poco que perder. Así que, para dos duros que nos llevábamos, ¿por qué no pegarle portazo a ese trabajo poco estimulante o a ese jefe insoportable? Sobre todo, si como suele suceder a esas edades, aun no hay grandes cargas familiares.

El millennial aspira al equilibrio

Marc Vigilante, socio director de Hummanova, cree que el millennial, como todo hijo de vecino, aspira al equilibrio. “Es cierto que unas condiciones laborales favorables y adaptadas al estilo de vida de cada uno se consideran cada vez más importantes, pero sin olvidar nunca el factor económico. Un proyecto interesante y motivador, con cierta flexibilidad horaria que permita la conciliación familiar, o una cultura empresarial compatible con los valores del trabajador, pueden ser factores que se prioricen sobre un incentivo económico algo mayor. Pero siempre y cuando el factor económico ya esté cubierto previamente”.

¿Existe el peligro de que algunas empresas aprovechen el mito de la supuesta preferencia de los jóvenes por el sueldo “emocional” sobre el “dinerario” para intentar llenar las alforjas de estos trabajadores de “bienestar” a costa de aligerar las nóminas? Existe.

Llegados a este punto, serán los propios profesionales quienes deberán valorar si les compensa o no en función de su situación personal. Pero, eso sí, por favor, señores empresarios, encima no les vendan la moto de que en su empresa van a poder crecer como profesionales. Millennial, sí; mileurista, no.

Ramon Oliver RRHHpress

Ramón Oliver
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