La salud mental, una asignatura pendiente

Llevo doce años trabajando, desde el punto de vista sindical, en la prevención de riesgos laborales y en asesorar y diseñar las campañas de salud laboral de USO a nivel nacional. Ya por entonces definían, en foros y reuniones, a los riesgos psicosociales como “riesgos emergentes”. Y, aún hoy, es un mantra que se sigue repitiendo.

Los riesgos psicosociales no son riesgos emergentes. No se podían calificar como tales hace una década y mucho menos en la actualidad. Son, junto con los trastornos musculoesqueléticos, la principal causa de baja en nuestro país, aunque en la mayoría de los casos no se reconozca el origen laboral de las dolencias que producen.

El problema es que no podemos saber, con datos encima de la mesa, el alcance real de las enfermedades y accidentes laborales que se producen por estar expuestos a estos riesgos. Demostrar el origen laboral de una depresión, de un estado de ansiedad, de problemas digestivos derivados del estrés o de un suicido es una tarea casi imposible.

Para conseguir que se lleve a cabo una evaluación de riesgos psicosociales, se deben producir varios factores: que la empresa tenga voluntad, bien sea por prestigio corporativo o por compromiso con la prevención, que se llegue a ella tras una difícil negociación con el comité de Seguridad y Salud o que, tras una denuncia o por una actuación de oficio de Inspección de Trabajo, se obligue a su realización.

Solo en el primer supuesto puede que exista un ambiente adecuado para que se lleve a cabo una evaluación de este tipo, en la que debe primar la confianza y la libertad para que las respuestas sean reales y sirvan para poder programar medidas preventivas adecuadas.

En el resto de los casos, el miedo a las represalias, la falta se confianza, el que no se tenga en cuenta a los representantes de los trabajadores, etc. hacen que esa evaluación esté abocada al fracaso y que, en ese clima de confrontación, para que se adopten las medidas preventivas, seguramente haya que acudir a la Inspección de Trabajo para que actúe.

De hecho, durante 2019, en las actuaciones realizadas por la Inspección de Trabajo, los riesgos psicosociales son los segundos en número, tras los trastornos musculoesqueléticos, que encabezan la lista.

En este problema tan delicado confluyen multitud de factores. A los que tienen que ver con las condiciones de trabajo hay que sumar los de índole personal, que hacen que unas personas gestionen o se vean afectadas de manera muy diferente en condiciones laborales similares. No se puede abordar a base de denuncias o de ocultamiento de sus consecuencias al no reconocer el origen laboral de los daños que producen.

La gestión de los riesgos psicosociales debe alcanzar la importancia que siempre hemos demandado desde USO. Se debe empezar por incluir las patologías derivadas de los riesgos psicosociales en el listado de enfermedades profesionales, y exigimos una regulación que reconozca estas contingencias en la salud de las personas trabajadoras.

Siempre que se tratan temas vinculados con la salud mental, aparece el miedo al estigma, al cuestionamiento de la dolencia. No se suele poner en duda una baja por una caída, pero sí una por depresión. Y surge uno de los principales tabúes, el suicidio.

Solo se ha hablado abiertamente de suicidio en el ámbito laboral en el terrible caso de France Telecom. Allí, por una actuación de acoso sistemático a los trabajadores, se produjo una ola de suicidios entre 2007 a 2010. Diecinueve empleados se suicidaron, doce lo intentaron y ocho sufrieron una fuerte depresión. La cúpula de la empresa ha sido condenada en los tribunales por acoso moral.

En nuestro país no ha existido ningún caso tan extremo, pero no por ello debemos obviar esta causa de fallecimiento, que supera a los muertos por accidente de tráfico.

La crisis sanitaria está desencadenando un grandísimo problema que habíamos tenido metido debajo de la alfombra a lo largo de estos años. Los problemas de salud mental se multiplican como consecuencia de este año de sufrimiento.

Desde que empezó la pandemia, al miedo al contagio y al sufrimiento por la pérdida de seres queridos hay que sumar las consecuencias del confinamiento, en soledad o apiñados en un piso en el que se mezclan las tareas del cuidado y el trabajo, sin casi posibilidad de desconectar, en el caso de quienes han podido teletrabajar.

Y, en lo relativo a los trabajadores esenciales, los ritmos infernales de trabajo, el miedo al contagio, el no disponer de equipos de protección individual (EPI) adecuados y la precariedad laboral.

Son todos ellos factores que producen respuestas psicológicas que pueden incluir bajo estado de ánimo, baja motivación, ansiedad, depresión, agotamiento, etc.

Y, a todo lo anterior, hay que sumar los dramas que producen las crisis económicas, donde el índice de suicidios se dispara: inseguridad laboral, pérdida económica y desempleo.

El cuidado de la salud mental y la adopción de medidas deben ser una prioridad y una emergencia en todos los ámbitos. No podemos esperar más.

Sara García

Sara García
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