RRHHpress. En la economía emergente del saber y el innovar, todos nos vemos obligados al aprendizaje permanente, vivido como proceso y no sólo como suceso. Pero este aprendizaje alcanza tanto a lo que ya saben otros, como a lo que todavía no sabe nadie. Nuestra inteligencia, en un escenario de investigación, experimentación, exploración, análisis, creación, inferencias, conexiones o abstracciones, puede conducirnos a conclusiones nuevas y valiosas que extiendan los campos técnicos y científicos, que alumbren la inexcusable innovación en las empresas.Insistamos, sí, en que el denominado lifelong & lifewide learning es cosa que nos afecta a todos, directivos y trabajadores, y a todo nuestro siempre perfectible perfil profesional. También en que no debemos dar nunca por concluido el aprendizaje, porque siempre hay oportunidad de mejora. Pero recordemos asimismo el otro aprendizaje, el que aquí nos ocupa, el de lo que todavía no sabe nadie. En todo momento podemos encontrar nuevas y mejores formas de hacer las cosas, y pasar incluso de la denominada mejora continua, o de la incorporación de las mejores prácticas, a la auténtica y más impactante innovación. La competitividad -individual y colectiva- nos lo exige.
Por no remontarnos a la antigüedad y entre tantos millones de ejemplos, Charles Goodyear aprendió el modo de neutralizar los inconvenientes del caucho en sus trabajos de ensayo de la primera mitad del siglo XIX. Décadas después, aprendimos -Edison- que determinados filamentos hacían posible la lámpara incandescente. También por entonces aprendimos -Meucci- la forma de conversar a distancia, el modo de ver -Roentgen- a través de la materia... Ya en el siglo XX seguimos aprendiendo en el campo de la telecomunicación, del proceso de la información, de la medicina... Fruto del ensayo, de la casualidad, de la investigación, del análisis y la reflexión, de las conexiones e inferencias, hemos ido aprendiendo mucho en todos los campos técnicos y científicos, gracias al empeño de personas que querían saber más, que querían saber lo que aún nadie sabía.
Sí, hemos de interpretar el aprendizaje con amplia perspectiva, mucho más allá de seguir los cursos a que somos convocados en las empresas. De hecho, habríamos de aprender a vivir y convivir, a pensar con objetividad y efectividad... Pero enfoquemos aquí el descubrimiento, la invención, dentro de nuestro desempeño profesional. Todos, de acuerdo con nuestro nivel de responsabilidad y protagonismo en el desempeño, y dentro de la economía que identificamos con el conocimiento y la innovación, habríamos de constituirnos en microcentros de I+D, y desplegar creatividad. ¿Catalizan las empresas esta deseable manifestación del capital humano?
Nuestra condición de expertos resulta inexcusable cuando nos proponemos ser innovadores, porque de otro modo podríamos aparecer como extravagantes, o reinventar, quizá, la rueda. De modo que no cabe desatender el aprendizaje continuo de que solemos hablar, ni podemos tampoco quedarnos sólo ahí: Hemos de desplegar y cultivar la creatividad, debidamente entendida.
Sin embargo, volvamos a la pregunta que nos hacíamos: ¿Catalizan las empresas esta deseable manifestación del capital humano? seguramente, unas más y otras menos.
Sin duda hay empresas que impulsan con autenticidad el aprendizaje permanente, sin temor a que los profesionales técnicos sepan de sus campos más que sus jefes; que facilitan a sus expertos el ensayo y la experimentación; que mueven a sus profesionales a asumir retos y desafíos creativos. Son las empresas innovadoras de que nos hablaban, en sus estudios, Robinson, Stern, Ekvall, Rydz... Pero también puede haber empresas en que el trabajador carezca de autonomía para aplicar lo aprendido, que pueda ver preteridas sus iniciativas innovadoras.
Dejando, por simplificar, el sabio lenguaje de la psicología al describir -qué bien lo hizo -creo yo- Mihaly Csikszentmihalyi- la compleja personalidad del creativo, recordemos sólo aquí algunos rasgos, de entre los que también fueron muy rigurosamente identificados por Mitchell Ditkoff.
Si vale mi particular síntesis, el profesional innovador:
- Es curioso, explora su entorno e investiga nuevas posibilidades.
- Su imaginación le lleva a ver posibilidades en lo aparentemente imposible.
- Advierte relaciones, conexiones y analogías que otros no perciben.
- Se concentra en retos y problemas, e incuba ideas.
- Concilia la intuición genuina con el análisis racional.
- Tiene ideas en sueños, y, por decirlo así, sueños en la vigilia.
En efecto, estamos ante un profesional que cuestiona lo establecido para conseguir los mismos o mejores resultados de un modo más ventajoso; un profesional que ha de ser dirigido de modo especial. Las empresas que apuestan por la innovación catalizan la expresión de su capital humano, más allá de nutrirlo con idóneos programas formativos. En realidad, se diría que el postulado empowerment -uno de los indicadores de la inteligencia corporativa, según los expertos- habría de alcanzar no sólo al desempeño cotidiano, sino igualmente al aprendizaje permanente.
José Enebral - Consultor Sénior y especialista en formación y estrategia de Recursos Humanos