¿Objetivos poco realistas? Por qué empezar el año sobrecargando al equipo es un error

En las empresas, comenzar el año con energías renovadas y una visión optimista sobre el desempeño que cabe esperar del equipo no solo es una práctica habitual, sana y legítima, sino que resulta imprescindible para el éxito de cualquier negocio.

Ningún proyecto llega demasiado lejos si las personas que lo pilotan no creen en sus propias posibilidades y en su capacidad para conducir al grupo a la consecución de sus objetivos.

Pero una cosa es mostrarse positivo y confiado en el talento y las capacidades del equipo, y otra muy distinta es someterlo una presión excesiva, fijando unos objetivos de partida demasiado ambiciosos o, directamente, inalcanzables. Porque así, lo único que conseguiremos será frustrar a todos los integrantes de la organización y, con ello, neutralizar cualquier ventaja competitiva que creyéramos tener.

Exceso de entusiasmo al empezar el año

Con demasiada frecuencia, al inicio de un nuevo año, los responsables de equipo fijan los objetivos dejándose llevar por un exceso de entusiasmo, lo que les lleva a marcar metas muy superiores a las que aconsejan el sentido común y los datos objetivos de ejercicios anteriores. A menudo se
confunde la sensatez con la tibieza, o el crecimiento sostenido con la falta de ambición.

Esta interpretación deriva en objetivos irreales que doblan o triplicar los del año anterior, incluso cuando aquellos ya fueron extremadamente difíciles de alcanzar.

En realidad, no hay nada malo en doblar o triplicar los objetivos del año anterior… siempre que ese salto esté convenientemente justificado y sustentado por evidencias o, al menos, por sólidos indicios que así lo aconsejen. ¿Sigue la facturación de la empresa un histórico de incrementos interanuales que apunte a una cierta tendencia exponencial? ¿Ha adquirido la compañía a algún competidor o empresa auxiliar que incorpore su cuota de mercado? ¿Se ha crecido de forma sustancial en masa crítica de clientes y/o empleados en poco tiempo? ¿Se ha mejorado la oferta con alguna innovación tecnológica o línea de negocio prometedora que permita abrigar expectativas de crecimientos significativos en las ventas?

El problema no es ya que muchas veces ninguna de esas preguntas tenga una respuesta afirmativa; el problema es que, en la mayoría de los casos, ni siquiera llegan a formularse. Los objetivos se suben porque sí. Punto. Y cuando el colaborador, con la cara desencajada, intenta objetar la extrema dificultad de alcanzarlos, el único argumento que recibirá de su jefe será un "¡pues claro que podemos!", acompañado de una palmadita en el hombro.

Consecuencias fatales sobre productividad y salud laboral

Los objetivos sobredimensionados son un mal endémico empresarial que se despliega en cascada por la organización. Los mandos intermedios reciben ya los suyos sobredimensionados desde la dirección, para, a su vez, trasladarlos aún más elevados a los empleados de base, con el fin de no desentonar con la línea empresarial y no despertar los recelos de sus superiores. Pero es un mal que puede tener consecuencias nefastas sobre la productividad y la salud laboral de la empresa.

El principal problema de sobrecargar a los equipos desde los primeros meses del año es que sometes a los empleados a un agotamiento, físico y mental, prematuro, del que les será muy difícil remontar más adelante.

La sensación de arrancar con déficit de energía, de que por cada paso que se avanza la meta parece alejarse dos más, es devastadora para la moral del equipo y el equilibrio emocional de sus miembros.

Unos objetivos irreales generan una sensación de urgencia permanente que dificulta priorizar y desajusta cualquier intento mínimamente racional de organizar el trabajo. Supone una presión excesiva que afecta a los nervios, a la concentración y a la precisión, y que acaba provocando errores y conflictos. Y, además, es una presión completamente innecesaria.

Resulta mucho más efectivo y productivo rebajar esa tensión desde el inicio, con unos objetivos, por supuesto, al alza, pero, sobre todo, realistas y alcanzables. Lo bastante ambiciosos para que los profesionales los encuentren retadores, pero también alcanzables, para que se lancen con determinación a su conquista.

Cómo elaborar unos objetivos realistas

¿Cómo trazarse unos objetivos realistas que nos permitan seguir creciendo sin ir desmadejándonos ni perdiendo piezas del vehículo por el camino? Una de las claves de ese diseño es que sea un trabajo consensuado entre el mando y el colaborador, no simplemente impuesto desde arriba.

Si se quiere comprometer al profesional en la consecución de esas metas, es imprescindible que participe en su definición y que las haga suyas.

La segunda clave es que sean objetivos tangibles, que no se muevan en el pantanoso territorio de la ambigüedad. En ese sentido, se habla mucho de los objetivos SMART -específicos, medibles, alcanzables, relevantes y con un marco temporal definido- como el paradigma de los objetivos empresariales bien trazados.

Para mí hay otro factor que resulta decisivo para mantener ese diseño dentro de parámetros sensatos y operativos: las mediciones.

Decía antes que hay que tener muy buen soporte de datos confiables para atreverse a incrementar objetivos muy por encima de las marcas habituales. La buena noticia es que hoy las empresas disponen de herramientas tecnológicas que les brindan acceso en tiempo real a los datos objetivos del desempeño de la organización y de sus miembros.

Herramientas digitales de medición de la productividad o de gestión de proyectos permiten saber en tiempo real y con total precisión no solo lo que consigue cada trabajador con los actuales recursos de la empresa, sino también cómo lo está consiguiendo.

De la conjunción de esos 'qués' con esos 'cómos' nace todo un universo de posibilidades de crecimiento en forma de correcciones, elementos de mejora y proyecciones realistas de futuro.

El futuro es incierto, pero no lo hagamos nosotros más impredecible todavía de manera gratuita. Dejemos que la tecnología y los datos aporten previsibilidad y anticipen soluciones. Hagamos de nuestro presente un entorno donde los profesionales quieran estar; porque proteger el equilibrio del equipo no es solo una cuestión de salud laboral, es la estrategia más rentable para asegurar la productividad y el éxito del negocio a largo plazo.

Joan Pons, CEO de WorkMeter

Joan Pons

 

 

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