Las equivocaciones son consustanciales a la naturaleza de las personas. El error existe, es prácticamente inevitable y, en cierta manera, necesario, ya que puede suponer una valiosa fuente de aprendizaje para quien quiera y sepa aprovecharlo.
Sin embargo, también es el causante de numerosos grandes y pequeños desastres cotidianos cuyas consecuencias pueden llegar a ser irreversibles. Así que haríamos mal en normalizar y tolerar el error sin más, amparándonos en un supuesto encanto de la falibilidad humana, porque eso, lejos de hacernos progresar como especie, lo que provocaría sería un fatal estancamiento y un retroceso imperdonable.
No; al error hay que combatirlo y, en la medida de lo posible, erradicarlo. Entendámonos, hay errores y errores. En las edades tempranas y en los arranques de cualquier actividad, por ejemplo, empresarial, los traspiés son un peaje necesario y la mejor manera de progresar. Hay que cometer fallos, confundirse y extraviarse para llegar a dominar cualquier disciplina.
Aprender de la experiencia para no repetir errores
Pero, como dicen los americanos, “equivócate rápido, equivócate pronto y equivócate barato”, porque no se puede perder de vista que el objetivo último de todo tropiezo es aprender de la experiencia para no volver a incurrir en él.
Sin embargo, existen otros fallos que no solo son perfectamente evitables, sino que no sirven absolutamente para nada. En ellos no hay aprendizaje alguno, no impulsan ninguna mejora y tampoco ayudan a humanizar a la organización ni a las personas que trabajan en ella.
Al contrario, lo único que provocan son retrasos, pérdida de oportunidades, desconfianza y descontento de clientes y trabajadores.
Recursos Humanos conoce las fatales consecuencias de los errores
Si hay un departamento que sabe de las consecuencias calamitosas de no poner coto a los errores humanos, ese es el de gestión de personas.
El departamento de Recursos Humanos maneja variables muy delicadas en el devenir diario de una empresa. Turnos y horarios, reporte de horas y gastos, petición de vacaciones, configuración de equipos, asignación de recursos o gestión de proyectos son tareas que necesitan mucha precisión para que el flujo de trabajo no se detenga y se desarrolle de manera armoniosa y sin tensiones innecesarias. Y para lograrlo, es imprescindible reducir el error humano a su mínima expresión.
¿Cómo hacerlo? La tecnología y la automatización de tareas son los instrumentos que acuden al rescate de los profesionales de gestión personas para eludir equivocaciones que puedan afectar al día a día de la organización.
Aplicaciones digitales apoyadas en IA, como las que hemos desarrollado en WorkMeter, permiten automatizar numerosas tareas, de manera que el efecto del error humano queda completamente neutralizado.
Contabilizar las horas de trabajo de un empleado, realizar el registro de jornada, solicitar una ausencia o medir el tiempo que lleva completar una determinada tarea son actividades que el sistema realiza de manera autónoma, con enorme precisión y rapidez y sin necesidad de que ni empleados ni mandos tengan que intervenir el proceso. Y, además, lo hace mucho mejor de lo que lo haría cualquier trabajador humano.
La tecnología no deshumaniza a Recursos Humanos
¿Qué espacio queda para las personas en este escenario automatizado y digitalizado? Uno inmenso y lleno de posibilidades. Porque apoyarse en la tecnología no convierte a la función de Recursos Humanos en menos humana.
Muy al contrario, permite a sus profesionales liberarse de aquellas tareas burocráticas que no aportan valor a su trabajo, les restan tiempo y son, además, fuente de equivocaciones y frustración, para centrarse en aquellas otras en las que su talento y creatividad sí pueden marcar la diferencia.
Otra de las ventajas de la automatización es que también ofrece un reporte en tiempo real de los resultados, lo que facilita llegar a conclusiones significativas, generar patrones e introducir cambios o mejoras en caso de detectarse ineficacias.
Y es que el error humano más imperdonable es el de no poner todos los medios a nuestro alcance para evitar tropezar dos veces (y, en algunos casos, muchas más) en la misma piedra.